Al pan, pan

Cristina Núñez Mateo

Soy hija de la guerra, pero cuando miro en mi interior, tan solo hallo paz. Lo malo, lo borró tu amor a besos. Tan solo era una chiquilla cuando mi madre me mandaba con dos trenzas y una moneda a comprar el pan. Allí, a fuego lento, entre harina y levadura, fue cociéndose nuestro amor. Tú me rozabas con disimulo la mano cada vez que te daba con vergüenza mi moneda. Y así, nuestro amor fue creciendo del mismo modo que la masa sube de forma casi mágica a golpe de calor.

No conocí más noches que las de tenerte a medias. Me acostumbré a dormir sin ti. Tu amor llenaba en mi cama el hueco que dejabas cada madrugada, cuando cambiabas el pijama por el delantal y el gorro, que de blancos, chorreaban leche. Mi panadero…el de la piel cubierta de harina, el que huele a canela y vainilla, a mantequilla y a magdalena recién horneada.

Nos amábamos como podíamos, robando minutos a las horas una tarde cualquiera de un horario cambiado. Así salió del horno ese que sí nació con un pan debajo del brazo, de los de corteza tostada y miga esponjosa, como a mí me gustaba. De noche era yo quien velaba sus sueños de azúcar mientras tú nos añorabas entre bollitos y miel.

Somos viejos, Román. O a lo mejor solo estamos tostados y aún tenemos mucha miga que dar. Te miro y te admiro. Me gusta ese cabello de ángel que escondes bajo el gorro y cada una de las arrugas que, como capas de hojaldre, suman años a tu rostro. Amo cada uno de los pelos alborotados y gruesos que coronan unos ojos de nata y chocolate. Esa nariz siempre nevada de harina y las migas de pan que se pierden despistadas por la comisura de tus labios. Adoro esa tonta manía tuya de comerte el plátano con pan y hasta tu barriga que ha subido sin levadura.

Me encanta cada una de las pepitas de chocolate que se confunden con lunares en tus manos. Las mismas manos que todavía me acarician como si yo fuera la guinda del pastel. Amo ese cuerpo tuyo de pan de pueblo y rosco de vino. Ese cuerpo tan mío, el que alberga un corazón de bizcocho. El que late junto al mío desde la primera vez que, con su mano, rozó la masa de mi pan.


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