¡Ay, el amor...!

Ana Isabel Brito Alemán

Carta 1: "Amor mío: No veo la hora de que el reloj marque las diez y media. Lo tengo todo preparado: la poca ropa que puedo cargar, algo de dinero y las joyas de mi abuela. Seguro que con esto podemos conseguir algo de dinero para empezar de cero. Hoy no he dejado de pensar en aquella noche en la que nos conocimos, no dejo de recordar aquel baile de máscaras en el salón de mi casa donde gracias a Dios pude conocerte. ¿Cómo pudiste ser tan osado de robar un traje de mi padre? Todo para qué? ¿Para conocerme? No sabes lo feliz que estoy de que tomaras ese riesgo. Ojalá las cosas fuesen distintas y mis padres pudieran aceptar nuestro amor. Me da igual que no seas de la élite social. No me importa lo que digan los demás. En la vida me había sentido tan querida cómo lo soy ahora a tu lado. Me has demostrado que el amor no entiende de condiciones sociales. Espero que esta carta llegue a tus manos. No te preocupes por mí, he escondido la copia de la llave de mi dormitorio para que nadie se interponga en nuestro camino cuando llegue la hora acordada. También me he asegurado de que los caballos estén preparados para nuestra fuga. ¿Adónde iremos? No lo sé. ¿Cuánto tardaremos en llegar? No me importa. De momento, he visto en las afueras del pueblo una casita cerca del bosque, seguro que al anciano que ahí vive no le importará acoger una noche a dos amantes desesperados. Cuento los segundos que quedan para nuestro encuentro. Eternamente tuya, Sofía."

Carta 2: "Mi amado Leonardo: Anoche te esperé. Estuve allí, bajo el frío abrigo de la noche durante dos horas. Me puse en riesgo por nosotros. ¡Mis padres podrían haber visto la luz del candil proveniente de los establos!. ¿Dónde estabas? ¿Por qué no apareciste? ¿Acaso no me amas? ¿Cambiaste de opinión en el último minuto? Me romperías el corazón si así fuese. Por favor, responde a mi premisa, ¿estoy en lo cierto y ya no me amas? Mis padres me tienen prohibido visitar el ala este, la zona de los criados. Ahí es el único lugar donde puedo encontrarte. Esta mañana esperé verte sirviendo el desayuno. Tampoco apareciste. ¿Eres tan poco hombre de dejar una dama plantada y encima no dar la cara a la mañana siguiente? Ese no es el hombre que creí conocer. El ama de llaves me dijo que anoche ni siquiera estabas en tu alcoba para darte la carta. ¿Dónde estabas? Espero que esta carta la recibas. Deseo saber de ti y exijo una explicación sobre tu falta de honor. Me has hecho mucho daño. Cuando cierro los ojos mi mente me lleva al establo, donde te esperé con mi corazón en una mano y las riendas de mi caballo en la otra. Por favor, respóndeme... Aunque esté dolida estoy abierta al diálogo, mi amor por ti no disminuye a pesar de tal vergüenza. Te amo. Todavía tuya, Sofía."

Carta 3: "Mi querido Leonardo: Quince años han pasado ya desde aquella noche de noviembre. Sé que jamás leerás esta carta pero el mero hecho de sentarme y escribirte para mí es terapéutico. Anoche soñé contigo y con nuestro primer y único baile. Recordé tu cara, tan nítida como si realmente pudiese alcanzarte. Recuerdo tus ojos caramelo y tu pelo rizado y un cálido escalofrío recorre mi cuerpo. Te extraño, no lo voy a negar. Tal vez a mi familia, a mis amigos y a mi marido pueda mentirles, pero no puedo mentirme a mi misma. Lo siento... Siento que nuestro amor fuese demasiado grande como para ser comprendido por los demás. Jamás he podido perdonar a mi padre por lo que te hizo... Aquella noche en los establos, mientras yo te esperaba joven, ilusionada y enamorada, mi padre te arrastró hasta el altillo de la mansión... Allí te ató de manos y pies, te amordazó y te abandonó en la oscuridad... Fue Dulce, nuestra ama de llaves, quién encontró tu cuerpo... Deshidratado como una hoja en medio del desierto. Estoy segura de que luchaste todo lo que pudiste, luchaste como un guerrero, pero no fue suficiente... Lo siento tanto... Durante todo ese tiempo te hacía lejos de mí, que habías huido y resultó que estabas más cerca de mí de lo que jamás podremos estarlo. Padre me casó con un hombre, yo no quería te lo juro, pero no me quedó otro remedio que hacerlo para mantener la fortuna familiar. Lloré muchísimo el día de mis nupcias... Ojalá hubieran sido lágrimas de felicidad. A pesar de que este hombre con el que comparto lecho jamás me ha tratado mal, nunca he podido corresponderle... Por encima de él estás tú, por encima de cualquiera estás tú... Y nuestro hijo, Mateo. Mi marido cree que es suyo, pero a medida que el niño crece se parece más a ti, es como tu reflejo. Es curioso, a veces mientras me paseo por esta fría y triste mansión recuerdo nuestras miradas cargadas de amor y nuestras escapadas secretas y podría jurar que he llegado a escuchar el eco de tu voz por los pasillos... Incluso, a veces, desde mi alcoba, puedo ver una tenue luz en el establo. He llegado a imaginar que es tu espíritu rondando por los límites de la casa. Qué tontería, ¿no? Eternamente tuya, Sofía."



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