Canción para un adiós


Felicidad Batista

El sol amanece vago por el resquicio del horizonte. Un rayo desangelado se desparrama por una nube. Otro chapotea en la mar que se despereza. Y los hay que se agitan al roce de la brisa o se anclan en la velas de algún balandro. Pienso en el iglú que se ahueca bajo mi sábana, en el cepillo de dientes huérfano, en tus pasos perdidos, en el espejo que aún busca tu rostro, en las ramas del arce que tocan en la ventana, desde que no estás. En mis pechos que abandonaron tu boca.

Un haz arrebolado de amarillos, rojos y naranjas se atrinchera en el alba. Me siento frente al piano y deslizo mis dedos por las notas de Les moulins de mon couer. Cada tecla que vibra bajo mis yemas son frases que se incendian en la memoria. Como un blues que gime sin tregua en la frontera deshecha de tu piel. Que al unísono, cual voz que gira en un vinilo, ruedan nuestros cuerpos y esa nostalgia insaciable que penetra. Y mis manos caen en lluvia sobre el piano y entre la música, regresa el sabor acompasado de tu nombre. El alba me alcanza y tu sombra se diluye. Pero hay un instante, un breve fogonazo de faro, un pentagrama que se ilumina, un latido que golpea. Y llegan aquellas palabras que nunca nos dijimos, que viajaron en el tren de nuestro largo silencio y se sientan ahora a mi lado. Tocan conmigo la última nota, al borde de nuestro fin del mundo. No importa que te dijera adiós. Quedan las canciones y las películas que quisimos ser. Y me refugio en el deseo de que para ti mis labios, en la distancia, sean tu noche interminable.

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