Historia de una gota de agua en la India y en Nueva York

Actualizado: abr 6

Ángeles Carretero Casar

La Música de las esferas suena y la armonía es perfecta. La sensación de paz es absoluta y los átomos juegan transformando formas y creando nuevas manifestaciones, todas ellas hermosas y sublimes porque han salido de la misma Esencia. En esta pequeña esfera llamada Tierra, donde nada se crea ni destruye solo se transforma, las nubes juegan al escondite riendo y corriendo… La trompeta ha sonado, ha llegado el momento de viajar de nuevo a la Madre Tierra. Esta vez las nubes nos han llevado a una pequeña ciudad donde un río caudaloso y hermoso la atraviesa y al que los lugareños respetan por considerarlo sagrado. En él se purifican haciendo sus rituales mañaneros y pasan a la otra orilla cenizas entre flores y velas. Una mujer cuya piel era testigo de su larga vida, con ojos profundos y amables, estaba lavando una colcha con un mandala de vivos colores en la orilla del río mientras hablaba y reía con sus amigas. La nube descargó con fuerza, ella reía y se alegraba de esa ducha divina ya que le quitaba el calor sofocante y el olor a chamusquina. Tenía por costumbre abrir su mano y beber unas gotas porque su tradición le decía que eran gotas de amor que su Dios le enviaba, así fue como entré en su interior. Su nombre era Aarishi, hermosa mujer con una sonrisa y delicadeza extraordinarias que nacen de su alma bondadosa. Su interior es alegre porque no espera nada de la vida, solo la vida misma en el ahora. Cuando terminó de lavar su preciada colcha, volvió a su casa pequeña y acogedora. Al entrar su compañero la estrechó entre sus brazos y la colmó de besos, besos tiernos de amor y dulzura. Aarishi tiene una sabiduría y conocimiento de la vida que la han llevado por el camino del amor y de la armonía. Por la noche, en la cama al despedirse de su compañero, con un beso suave y profundo, una lágrima brotó de sus ojos de alegría por llevar esa amable vida. Cada noche sus pensamientos volaban hacia su abuela -que estaba en las estrellas-, ella fue quien le enseñó “que la vida no es correr ni poseer, solo es vivir el instante y compartir con la persona que sabe ver quién eres, sin disfraces”. A través de su dulce lágrima salí y volvimos a oír la música de las esferas. Transformaciones y creaciones en ese infinito devenir de la vida para comenzar siempre nuevas aventuras. El viento sopla y caemos, esta vez en forma de gruesas gotas para lavar una ciudad de altos edificios y ruidosas calles. Un hombre elegante y esbelto que llevaba un gabán marrón nos introdujo en un edificio de gran altura cuyos ventanales daban a un parque. Cuando era joven sus pasos le condujeron por los bajos fondos de la vida, tragando polvo y miseria. Su nombre era Benjamín, desde el gabán sentíamos su mirada triste, tristeza que emanaba de una tenue sombra de recuerdos apagados antes de tragar tanto polvo en el camino. Trabajó duro y se vendió para lograr esas vistas al parque. Su precio fue muy alto, su vida. Ahora en el umbral de su madurez se pregunta: ¿por qué elegí este camino? Camino de éxitos pero más de fracasos solitarios. Ahora ya no tiene mujer ni amigos, solo clientes y colegas que no le quieren porque le temen. Trabaja hasta altas horas de la noche para no entrar en su mansión donde nadie le preguntará ¿cómo estás?, solo el silencio pesante de las paredes y los cuadros sin voz ni miradas le darán las buenas noches. Viendo y sintiendo su tristeza, sé que le acompañará hasta su último adiós en la más absoluta soledad. Soy consciente de lo antagónico de los mundos de Aarushi, cuyo amor brota a través de todos los poros de su piel y es un regalo para los hombres y mujeres que aman y son amados sin esperar nada a cambio, solo la ternura de la vida en el ahora. Hoy, Benjamín, se siente particularmente cansado, se agolpan recuerdos de una mujer joven y alegre con trenzas doradas que siempre buscaba un nuevo amanecer. El amor nació con ella y con ella se fue. Hoy siente que le llama y quiere sentir su mano y ver su mirada de amor que un día surgió y que el polvo del camino apagó. Un viento gélido sopla en el exterior, su coche le lleva hacia su mansión, vacía y triste, ésta noche no oye el saludo de los silenciosos cuadros porque han perdido sus colores y sonidos. Se sienta en ese sofá raído que es lo único que guardó de su caminar en compañía de su amor. Siente un gran cansancio, cierra los ojos y una mano dulce le invita a bailar el último vals. Benjamín abraza ese cuerpo joven y huele el perfume a jazmín de unas trenzas doradas y ambos se dirigen hacia el horizonte dorado. Se oye la música celestial y vuelvo a bailar con el viento…

“La Sabiduría de las palabras”. Ángeles Carretero Casar

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