La pordiosera de Yioqne

Sandro Doreste Bermúdez

Nadie dijo que ella fuera la culpable. Al fin y al cabo, ¿qué era ella? Sólo una huérfana más de cuantas regaban los caminos de la capital, a la espera de misericordia de manos más pudientes que las suyas. No, no era por sus actos por lo que mendigaba en aquella esquina, entre la herrería del quinto nivel y la tienda de ingenios de Toram, generosa como para permitirle que se sentara allí pero no tanto como para invitarla a un mendrugo. No era voluntad suya que le impidieran entrar en la fuente termal de la plaza para asearse. No podía recriminársele que tuviera hambre y sed, ni que enfermara como todos los demás humanos, ni que buscara ese sustento del modo más humilde y disponible a su mano. Sucia, sólo con

el harapo que quedaba de su antigua ropa, aguardaba a la merced de extraños No era la culpable de su situación, mas pocos se apiadaban de ella. Unas hogazas de pan, un par de monedas con las que comprar las tazas que le robaban con frecuencia, algún susurro de ánimo que costaba oírse, tímido, como si fuera una vergüenza siquiera dedicarle la palabra a una superviviente de las calles; eso era de cuanto podía vivir en el día a día, los tesoros que le permitirían abrir los ojos al día siguiente. Su recuerdo más antiguo provenía de muy al sur. Recordaba la niebla y nieve por doquier, un viento frío que aún le dolía en la piel cuando lo recordaba, un camino casi invisible en el alrededor monocromo… y un gruñido, un rugido grave y grande. Ese fue su primer recuerdo, cuando un oso arrastró a su madre lejos de ella. Nadie pudo ayudarla. Ahora, en el refugio bajo la piedra, nadie se molestaba en compensarlo con su hija. Había olvidado como llegó hasta la urbe, Yioqne. La había maravillado, ese momento era lo más brillante de su infancia. Después, para compensar, invadía su memoria la casa en la que la hospedaron, de la que huyó. Casi se había habituado a ser tratada como «carga» y «puta» cuando aún no era capaz de entender qué significaban ambas cosas. Cuanto sabía era su propio nombre, aunque no quién se lo puso; el camino que la devolvería con su madre cuando tuviera valor, soñaba; y, como si de un animal se tratara, los rostros que le podrían dar algo de alimento cuando los mirara con sus ojos azules vacíos. Quizá Yioqne fuera, como sus habitantes presumían ante los mercaderes, «la mayor obra y la más deslucida de cuantas poblaban su joven mundo». La verdad es que no podía compararla. Sólo conocía la nieve del exterior y la calidez del interior: los muros horadados en la puerta; las cascadas de lava, líquidas y con apariencia inofensiva, que caían por surcos bien delimitados desde el primer nivel hasta el octavo, donde desaparecían bajo la plaza; la estatua del oso alzado sobre sus patas traseras, imponente, sobre la fuente en el centro de la estructura; la bóveda sobre la cual descansaba el resto del reino y bajo cuyos vivos colores descendía la rampa que conectaba todos los niveles de Yioqne, desde las últimas viviendas hasta la entrada a la estancia real; y el constante sonido del molino que, propulsado por vapor, llevaba agua caliente a cada rincón de la ciudad. Allí había crecido y todo su mundo se resumía a aquella enorme cueva, la ciudad subterránea donde habitaban casi diez mil personas, y los recuerdos de un mundo exterior e inhóspito. El inmenso y complejo refugio era el único modo de sobrevivir cuando el invierno castigaba con los vientos gélidos del sur. Las temperaturas no se atrevían a subir de los dos dedos* en pleno verano, cuando el exterior era habitable. No era la única ciudad en Tiqcarum, pero sí la única escondida de aquel modo; en sus compañeras, Vejvi y Voupmi, los nativos escapaban de las terribles heladas mediante sótanos y aguas termales. Los tiqsi se habían acostumbrado a una vida dura. Con una temporada en el exterior, hasta el más vago comprendía que los recién llegados a Yioqne invirtieran meses en excavar su propia casa allí, antes que enfrentarse al invierno y los osos salvajes. Escuchaba a los mercaderes cuando llegaban de otros rincones del reino y se sorprendían con el carácter de los capitalinos. «Están tan acomodados que han olvidado la humildad que forjó nuestras fronteras», era una frase habitual de los visitantes. «En ningún otro lugar me harían pagar para sentarme en un hogar a solas, sin comida y sin conversación», protestaban otros. «¿Dónde ha quedado la hospitalidad de nuestro pueblo?», se quejaban al final. Taena, pues aquel era su nombre, no conocía ninguna otra ciudad y, por tanto, no podía opinar, pero se preguntaba si su suerte habría sido diferente en otro lugar, en cualquier otra punta del reino. El criterio de los mercaderes era compartido por todos los que llegaban, al igual que el horror al ver a tantos sin techo en una ciudad que, irónicamente, tampoco conocía el cielo. Todo allí tenía su sitio. Era necesario cuando compartían un espacio enclaustrado y cuando cualquier expansión requería muchos brazos, tiempo y salarios. A través de los ocho niveles se distribuían las casas pobres, los comercios, la planta de cosechas —una auténtica joya del ingenio—, las viviendas de la minoría más pudiente y, por último, la estancia real, el patio de armas y el espacio intraducible denominado bakore, proveniente de las palabras bak, oso, y ore, comedor o sala de estar. Aquel último nivel tenía poco o nada que interesara a la población civil, mucho menos a una mendiga incapaz de dilucidar cuántos años, si no décadas, llevaba sentada en la piedra. De niña había soñado con que la mayoría de edad le ofrecería opciones, quizá acceso a un empleo, pero ¿cómo podía hacerlo cuando no sólo su aspecto sino su cuerpo entero la traicionaban? El frío había obligado a los valientes sureños, a lo largo de generaciones de descendencia, a gozar de cuerpos más anchos, altos y robustos. Era extraño que un tiqsi midiera mucho menos de dos brazos*, un tamaño imponente incluso ante los caballos de sus «vecinos» del continente. Para ella, en cambio, aquella característica tan generalizada y popular de su reino le había sido vetada. Carecía de una masa muscular satisfactoria, el más bajo de sus congéneres le sacaba al menos una cabeza y tampoco podía presumir de un rostro fiero o angelical. Lo primero que cualquiera pensaba, al verla, era que estaba más próxima de la muerte que de ser una hija del frío. Era incapaz de cabalgar un oso junto con el resto de las tropas o de sostener los pesados martillos o espadas que les ofrecían, ni nadie podría verse interesado en tener a una sirvienta que no pudiera levantar cajas de mercancía, los pesadísimos bloques de oro, plata y hierro de la banca o las armaduras de los señores. Sólo una opción se le había presentado una vez, y ese recuerdo aún despertaba el miedo en sus entrañas. Había recorrido en silencio tres niveles hasta explorar las profundidades del barrio pudiente. Había soportado e intentado escuchar la voz aguda del hombre, pastosa pero con un retazo firme que demarcaba sus años. Intentaba ser amable, suponía, y darle conversación. Sin embargo, Taena no estaba centrada en intimidar con el acaudalado viudo cuya difunta esposa se había parecido a ella. Dioses, aún se acordaba de los detalles… La cueva del gigante se componía de una sucesión de lujos que la hicieron mirar a su alrededor como un niño que contempla por primera vez el cielo estrellado. Tantas joyas, adornos de vivos colores, una caldera de cobre que podía animar el mecanismo necesario y muebles de la mejor madera importada del norte eran el contrapunto absoluto a su austeridad, al color grisáceo de la piedra que lo cubría todo, a sus manos desnudas y sucias. Tan fascinada quedó sólo con entrar en aquel espacio que apenas escuchó cuando le ofreció su baño para asearse. Las placas de oro y plata de la estancia la deslumbraron hasta restarle importancia a que el hombre entrara con ella y recorriera su piel con un paño húmedo y caliente. No a importunó que él mirara si seguía agasajándola de aquel modo. El agua, la suavidad de la tela, le habían sido regaladas por los dioses. Incluso lloró al sentirse libre de la suciedad durante tanto tiempo acumulada. Una cierta inocencia, quizá un desconocido desinterés, le hizo pensar en él como un buen hombre, como en un futuro amigo que, a diferencia de todos los demás habitantes de Yioqne, la trataba bien sin que hubiera un motivo para ello. Sin embargo, cuando la invitó a su alcoba y ella sintió su aliento sobre su rostro, ya no tenía lugar esa inocencia ni esa suavidad ni ese cálido trato que la había acomodado. Sus manos ahora recorrían con fiereza y, a pesar de no ser toscas, dejaban claro que su carácter era muy diferente. —Espera... —recordó haber dicho Taena mientras se revolvía. Él, por el contrario, cercó su cuerpo frágil con ambos brazos. Los ojos del hombre la inmovilizaron. —Te pagaré. No hables. Su actividad se retomó. Ella se sorprendió al protestar. Dinero era lo que necesitaba y a menudo después se plantearía si no debería haberlo aceptado, si podría haber cerrado los ojos y dejarle hacer, pero el contacto de su barba la había despertado. No, no era capaz, no lo deseada y no tenía por qué sufrir ese trance. Trató de ser educada y, cuando el hombre le hizo caso omiso, buscó salir de allí aunque fuera por las manos. Él le respondió con furia y apretó su cuello con el codo mientras usaba la otra mano para desnudarse a sí mismo. Taena supo entonces que no iba a ofrecerle una salida. Las preguntas de su mente fueron tan raudas como su respuesta, la única que obedecía a todos sus instintos salvo al miedo. Su mano se alargó al cabezal de la cama, donde descansaban dos imitaciones en piedra del oso y el lobo, agarró la primera de ellas que encontró y, haciendo alarde de una fuerza desconocida para sí misma, la estalló contra la sien del gigante. No quiso matarlo. No había sido su intención, pero así había sido. Un charco rojo y pegajoso comenzó a manchar la carísima alfombra de tela quhu alrededor de su cabeza. Se tomó su tiempo para respirar, para asimilarlo, para gritar horrorizada y, finalmente, para abrazarse a sí misma sobre la cálida sábana mientras lloraba por su suerte. Ahora irían a por ella, sabrían que había sido la culpable y le arrebatarían su libertad o, peor —ya que lo anterior tampoco suponía una novedad terrible—, la vida o las manos. No había querido hacerle tanto daño, pero menos aún ser una víctima, y no supo cuánto necesitó para entenderlo; días, probablemente, dada el hambre que despertó con ella y el intenso olor que despedía el cuerpo. Podían ir a buscarle. Una vez aceptó lo hecho, su mente actuó en consecuencia. Primero, comió copiosamente y se vistió con el vestido menos vistoso de la difunta que había habitado bajo aquella misma piedra; porque aquello era robar, lo tenía claro, pero también que ya no había nadie para reclamar lo que recogiera. No mendigaba en aquella zona, por lo que no sería fácil que la reconocieran; aun así, usó un cuchillo para cortarse el pelo y lamentó no entender de tintas para cambiar el color de su cara o su pelo. Usó una bolsa de tela para guardar lo que le llamaba más la atención, pero luego pensó que los objetos valiosos serían los más sospechosos.. Sólo recogió algunos si reconocía haberlos visto en el mercado, entre el resto de adornos habituales. El resto de la bolsa fue destinada a los útiles como cubiertos, tazas y cerámicas, aunque no la caldera ni las ropas. Dudaba que en toda la urbe hubiera más de una o dos piezas de ingeniería como aquella, y lo sabía bien porque Toram vendía versiones mucho más bastas. En cuanto a las prendas, si cualquier persona reconocía un traje habitual de la difunta, habría una posibilidad de que la relacionaran con lo ocurrido y una simple acusación bastaría para condenarla, dada su imposibilidad de defenderse por pruebas o méritos de nombre. Cuando subió su botín al carro familiar que esperaba en la puerta, paciente como si fuera cómplice del crimen, guardó su propia túnica bajo el conjunto, oculta. No debía volver a aquella casa. La venta le llevó menos complicaciones: era una sencilla mujer que se mudaba a otra ciudad y no quería cargar con todo el equipaje; compraría de nuevo el material en el puerto de Kiara, su destino. Su habla, tan culta como lo había permitido su inexistente educación, confirmó que se trataba de una mujer de clase media gracias a algún matrimonio o a la propia suerte, un detalle molesto que invitaba a una conclusión rápida. Recibió el pago gozosa y se mordió la lengua para contener su emoción. En sus manos brillaban más monedas que durante toda su vida anterior. Sin embargo, intentó regresar a su sitio. Que alguien hubiera ocupado su sitio fue, aunque ella no lo supiera y le enfadara muchísimo en aquel momento, toda una suerte. Toram conocía al cazador que había ofrecido dinero a cambio de unas horas a la mendiga y, si Taena se hubiera sentado donde siempre en lugar de detenerse en cuanto vio usurpado su lugar, la habría delatado sin miramientos. Cuando el olor delató la existencia del cadáver y llegó a sus oídos la fechoría, la mercader avisó que su amigo se había ido con una chica rubia de pelo muy largo y ojos azul claro, menuda y famélica. Sólo la altura fue algo distintivo en ella, pero los soldados reales no iban a peinar una ciudad llena de mendigos para encontrar a alguien que encajara con la descripción; aunque le prometieron cazarla como un animal y darle su merecido en público, los dos soldados que escucharon la declaración ya habían olvidado sus palabras antes de despedirse. El segundo golpe de suerte de Taena, quien logró acordarse de tirar el vestido en un rincón y cambiarse a su antigua túnica, roída y maloliente, fue que, cuando uno de los soldados pasó por su nuevo «hogar», aunque se hubiera fijado en ella y la hubiera recordado, la mujer ya no estaba en la ciudad. Extracto de Los cinco corsarios, de Sandro Doreste Bermúdez.



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