Ocurrió ayer domingo

Javier González

El domingo comenzó radiante. El azul del cielo y el del mar se dieron la mano para circular por las calles desiertas de la ciudad. Entró por ventanas y balcones para añoranza de los confinados que lanzaban sus dedos a las pantallas de los móviles con la esperanza de sacarlos y sacudirles luego el agua salada. Lo vio en la ventana sacar su brazo al exterior como si fuera un termómetro que penetrara en la atmósfera. A continuación rodó el tresillo para que el sol proyectara sus rayos en las baldosas y los rebotara en el techo del salón provocando reflejos arabescos de mezquita. -¡Qué estarás pensando! –le dijo ella, cuando lo vio toalla en mano. -Me voy a la playa –contestó. Y allí mismo, en bañador, tras extenderla, se puso a tomar el sol. -¿Y esas gafas de sol? ¿Si tú ni cuando sales en bici las usas pues dices que a través de ellas no percibes los colores tal cual son? -No son lo que tú te crees. Son unas gafas de realidad virtual. Ella sonrió y continuó a lo suyo, con su teletrabajo para mañana lunes. Al rato lo vio mover los tobillos, como quien da saltitos, recoger las rodillas, extenderlas, doblar el cuerpo y estirar los brazos. -No cabe duda, pa mí que este está soñando y se acaba de tirar al mar –pensó ella. Y así fue. Sacudió la cabeza, frunció los labios como si lanzara un chorro de agua y boqueó a gusto como un pez. Al poco se dobló de nuevo, sacudió su pelo y pasó sus manos por el pecho para quitarse el agua. Entonces todo su cuerpo se relajó y en su cara se hizo la felicidad. Ella frunció los ojos. Tanta claridad molesta. Hizo un descanso laboral y giró para echar un vistazo al nadador. Aparecieron recuerdos de juventud, de lisas, fulas y pejeverdes. Recuerdos de algas movidas al son de las mareas; del sonido de los erizos al ser escachados con una piedra, a su sabor al chuparlos; del vuelo de las gaviotas, de cuerpos sobre un risco tendidos al sol; de charcos donde los dos acabaron encharcados. Pronto reparó en un detalle. Conforme volaban sus recuerdos a él se le humedecía el bañador. Esa imagen la entusiasmó y decidió continuar con su experimento para probar el encantamiento musical. La espuma de las olas la transportó a las arenas del desierto, sobrevoló la plaza de Jamea el Fna, en Marrakech, para comprobar cómo de los mimbres de su bañador desperezaba la cobra. Asustada con sus poderes, ahí lo dejó. Volvió al trabajo pero entre archivo de Word y Hoja de Cálculo no pudo evitar que se le colara el azul del mar. El despertó extasiado. “Cuando acabe esto”, –le dijo, “me compraré unas gafas de las de verdad de realidad virtual”. Ella centró su atención en el bañador y le dijo: “Te voy a dar yo a ti una realidad virtual, ¡camina!, ¡hazme el favor! ten vergüenza y date una ducha.



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