Peter Pan

Carla Gil López

La segunda estrella a la derecha y todo recto hasta el amanecer, como cada noche desde hace tres años. Campanilla sale a recibirme, como siempre, aunque esta vista de leopardo y pese alrededor de noventa kilos. Sus rizos rubios apenas se mueven bajo capas y capas de laca mientras me saluda con la cabeza y se retira de la puerta para abrirme paso. —Peter, hoy llegas más temprano. Asiento levemente, no tengo ganas de hablar, y paseo la mirada por la oscura estancia posando mis ojos en la única pareja que la ocupa, acomodada en el sofá de la esquina, magreándose como si acabaran de cumplir quince años. Camino despacio, por miedo a tropezarme con los destartalados taburetes de tapiz verdoso que acompañan la barra. El fuerte olor a orines me es tan familiar que ya apenas le presto atención. Recuerdo la primera vez que entré en este tugurio, aquel aroma nauseabundo se me coló por la nariz hasta el cerebro haciéndome vomitar en el mismo piso. Me siento en el sillón de siempre, tiene las mismas flores que las viejas faldillas de mi abuela y eso hace que me sienta un poco como en casa. La parejita de turno, colocada frente a mí, ha pasado de las recatadas caricias sobre la ropa, al preámbulo del sexo más duro. Ella tiene metida la mano en su bragueta mientras se frota contra él como una gata en celo. Espero que al menos tengan la decencia de follar en el asqueroso baño, aunque ya me espero cualquier cosa. Cierro los ojos, intentando apartar la horrorosa escena de mi vista, y espero paciente a que, el hada, me traiga los polvos mágicos, esos que me hacen volar cada noche a Nunca Jamás. Probablemente, mañana por la mañana, no encontraré ni mi sombra, pero ya le he perdido demasiadas veces como para echarla de menos. La mujer encorsetada en leggins de leopardo se me acerca con una bandeja que porta mi dosis habitual, ni más ni menos, y yo sonrío agradecido, esta mierda es lo único que hace que vuelva a entrar aire en mis pulmones, cansados de respirar penas. Aprieto la goma alrededor de mi brazo para que la sangre bombee con fuerza en mi vena, ya demasiado castigada por años de maltrato, e introduzco el dulce polvo de hadas en mi torrente sanguíneo. La reacción es instantánea, noto como mi cuerpo se relaja poco a poco hasta tal punto que parece que me elevo del sillón. Cierro los ojos de nuevo, aunque la escena porno que se vive a mi lado ya no me molesta, y respiro profundamente ese olor a flores en el que se ha convertido el aire.

—¡Te he dicho que pares! Mi hermana me grita desde algún punto de mi memoria, sé que es ella, aunque haga más de mil vidas que no tengo noticias tuyas, probablemente estará muerta, poco me importa, lo intente, juro que lo intente. —¡Para por favor, lo vas a matar! Sigue gritando, es muy pesada, en eso no ha cambiado, y yo trato de ignorarla de nuevo, pero la muy imbécil se ha empeñado en joderme el colocón. —No voy a parar hasta que este desgraciado se encuentre con su madre, en el infierno que ella esté. Esta vez soy yo el que contesto, a ver si así consigo que me deje en paz, pero el recuerdo ha tomado carrerilla y se ha plantado delante de mis narices sin remedio. Noto la sangre chorreando por mis nudillos, espesa y oscura, y su olor, ese olor ferroso que se cuela por la nariz y te hace salivar. Mi hermana no deja de chillar como una histérica mientras el cabrón de su novio se desangra en la acera. Yo sigo golpeándolo, una y otra vez, con esa sensación de querer y no poder, o tal vez de poder y no querer, quien sabe, nunca fui un salvaje, aunque muchos lo pensaran. Pero es mi hermana, joder, es mi hermana. Le golpeo otra vez mientras la observo, gritando con su carita de ángel de 15 años amoratada. —Para tío, por favor, me vas a matar. Suplica el muy cerdo escupiendo sangre entre sus dientes partidos. —¿Paraste cuándo ella te lo rogó? —pregunto con su cuello entre mis manos— Dime pedazo de mierda, ¿lo hiciste? Él trata de zafarse haciendo aspavientos con las manos hasta que, en un segundo de tímida lucidez, se da cuenta de que está perdido, lo lee en mis ojos ensangrentados por el llanto y la furia, y suavemente deja caer los brazos hacia sus costados. Podría matarlo, es todo cuanto deseo, no soy un monstruo, soy un héroe, limpiando el mundo de escoria, pero la lucidez también me ha atacado a mí, y con un último golpe sobre su boca me aparto abrazando mi propio cuerpo para que el subconsciente no me traicione y me obligue a golpearlo de nuevo. Y ahí está, la idiota de mi hermana corriendo a socorrerlo, tirándose sobre él tiritando por la angustia, poco le importa que yo también haya recibido lo mío. El calor es sofocante dentro del maldito tugurio, un ventilador es lo único que mueve el pesado aire cargado de humanidad. Abro los ojos, esta vez observo que el local se ha ido llenando poco a poco, ¿cuánto tiempo ha pasado? No lo sé, y no me importa. Me incorporó a duras penas, el colocón ya va perdiendo fuerza y vuelvo a sentirme como la mierda más grande del mundo. Me despido de Mary con un gesto mecánico, salgo a la calle dando un par de traspiés y el sol me recibe haciéndome cerrar los ojos de nuevo, me quema, me escuece, soy un animal nocturno, mis noches son sacrosantas. Camino sabiendo de sobra a donde me dirijo, es mi hora de comer, la heroína siempre me deja con ganas de ella. Las calles aún están desiertas, apenas son las siete y media de la mañana y yo camino como un zombie en busca de algo que satisfaga mi apetito. Hoy llego un poco tarde, espero que siga en su lugar de siempre, sino me tocará caminar solo hasta su casa y no estoy para largos trayectos. Al dar la vuelta a la esquina, sus azulados ojos se giran hacia mí, es condenadamente guapa. Me gustaría poder darle algo más que un par de polvos a la semana, pero apenas soy capaz de ocuparme de mi mismo, no soy buena compañía cuando estoy sobrio. Se acerca haciendo saltar sus rizos pelirrojos con cada paso que da, como una niña pequeña jugando a la rayuela sobre el pavimento. El corazón se me para un instante al observarla, tan sonriente a pesar de la vida de mierda que lleva. Yo bajo la mirada, no puedo soportar la intensidad de sus ojos cuando me mira, como si estuviera pidiendo la luna silenciosamente. Se lanza a mis brazos sin mediar palabra y me mete la lengua en la boca, llenándome de su sabor y desplazando la amargura que me sube por la garganta cada vez que respiro. —Hoy has tardado más —me susurra sin dejar de besarme. Yo la atraigo hacia mí, pegándome para que no corra ni el aire entre los dos. Wendy hace el amago de separarse sonriendo pero yo la rodeo con mis brazos con impaciencia. No es un gesto brusco, ni si quiera intento retenerla, solo quiero que sienta mi deseo, es la única forma que tengo de decirle que la quiero, que estoy jodidamente enamorado de ella desde la primera vez que sus benditos ojos se cruzaron con los míos. Podría cambiar si ella me lo pidiera, creo que lo intentaría, pero no estoy seguro de que sea lo que ella quiere, tampoco estoy seguro de ser lo mejor para ella, bueno, sí, de eso si estoy seguro, no lo soy, pero en este momento solo me importan sus labios saboreando los míos, bebiendo de ellos, como si fueran el agua de la vida eterna. —Eres la luz de mis noches —me susurra haciendo temblar ligeramente mis piernas. A veces dice esas cosas, no sé si van en serio o intenta crear una historia mágica entre los dos, de esas de cuento de Disney, que le dé un ápice de emoción a su insulsa vida repleta de cabrones que la usan como si fuera simple mercancía. Yo sonrío entre beso y beso, mientras la empujo contra la pared de ladrillo destartalada de la calle más lujuriosa del mundo, todo en ella huele a vicio, hasta mis besos. —No vamos a hacerlo aquí- me dice rotunda y a mí me da la risa. —Pero… —Sé lo que vas a decir y más vale que te calles —me grita interponiendo sus brazos entre su cuerpo y el mío—. Una cosa es trabajo y otra es placer. Ella sí es un placer, un placer para mis sentidos, un placer para mi cuerpo dolorido, un placer para mi amargo corazón. La cojo de la mano, la conduzco calle abajo, y ella se deja llevar. Siempre tan dispuesta, con esa enorme sonrisa en la cara que ilumina cada paso que damos. El lúgubre apartamento en el que vive nos recibe y yo no doy ni un segundo a que el tiempo se escurra entre nuestros dedos. Cubro su cuerpo con el mío y viajo con ella al país de las hadas, donde los colores son más vivos y la alegría eterna se te cuela por debajo de la ropa, una vez, y otra, y otra, hasta que me duele más el cuerpo que el corazón. Saboreo cada centímetro de su blanquecina piel, acaricio cada susurro que escapa de sus labios y me pierdo en la locura de su deseo. Ojalá durará para siempre, no quiero volver a mi vida sin ella. Abro los ojos despacio, no tengo ni idea de la hora que es. Mis manos se mueven inconscientemente hacía el lugar que debería ocupar Wendy, pero ese lado de la cama esta vacio. La luz apenas se cuela por las rendijas de la persiana y el estómago me grita enfurecido por lo que deduzco que debo haber dormido todo el día. Me incorporo y camino desganado hacia la cocina, también vacía, probablemente ella ya se haya marchado a hacer su turno. Reparo en una pequeña nota colocada bajo un imán de la nevera y me acerco curioso a leer su contenido. Peter, hoy me toca trabajar más pronto, las facturas, ya sabes. Tienes algo de comer en la nevera. Porfa no vengas a verme o no podré currar. Nos vemos después. Un beso de esos que tanto te gustan. Wendy Mi lengua pasea por mis labios como si pudiera sentir ese beso, ese bendito beso y el corazón se me hace tan pequeño que pienso que va a desaparecer. No soporto la idea de que otros la toquen, de que otros sientan esos besos, son míos. Y tomo una decisión, a tomar por culo todo. Salgo a la calle aún abrochando los botones de mis vaqueros y me dirijo derecho hacia su despacho en la segunda baldosa de la calle de la mierda. Me da igual lo que me haya dicho. El reloj marca las nueve y aunque, ya es casi de noche, parece que hoy hay mucho jaleo por la calle. Miro las caras de las personas que me cruzo y un atisbo de terror se asoma a mis ojos, ¿qué coño está pasando? Sus caras de preocupación me dicen que algo no va bien. La ambulancia pasa a toda velocidad por mi lado y mis peores temores se confirman, sin duda ha pasado algo. Echo a correr calle arriba a todo lo que me dan los pies, siguiendo el sonido de la ambulancia. No te pares, no te pares, sigue, por favor, pasa de largo. Pero la ambulancia se para, se para ahí, justo ahí, al lado del coche de policía que hasta ahora no había visto. Y allí es donde se para también mi corazón. El bulto del suelo está tapado con una funda, pero sus caprichosos rizos pelirrojos se niegan a ocultarse. —Un chulo cabreado, como siempre. Se ve que anoche no recaudo lo suficiente y lo ha pagado caro. Escucho al policía hablar del asunto como si no pasara nada, como si ahí, tirado en el suelo como una colilla, no estuviera el cuerpo de una persona, de mi persona, porque eso era ella, mi persona, la única que hubiera podido salvarme, pero el cabrón que este ahí arriba no dejará que lo haga, es mi destino. Echo un último vistazo al cuerpo que tantas veces adoré y me pierdo entre el gentío. Como un niño perdido más, como alguien que no vale nada, ni mi sombra me acompaña. Nunca jamás me está esperando y es ahí donde pienso ir.

FIN

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