¿Por qué yo no?

Ángeles Carretero Casar

La vida me llevó por muchos vericuetos, unos sublimes y agradables, otros dolorosos y opresivos. En una de esas experiencias opresivas terminé en un hospital donde me indujeron el coma -recibí tantas patadas en la cabeza que mi vida quedó pendiente de un hilo, produciéndome daños internos y externos y como no hay mejor remedio que el descanso para sanar el cuerpo y el alma, mi cuerpo se durmió durante varios días. Gracias a ese “descanso” muchos de mis sentidos se desarrollaron; mi conciencia profunda me hizo ver y percibir energías sublimes de universos paralelos. Comprendí que no solo somos carne y huesos, somos parte de un alma global fragmentada y cada uno llevamos en el corazón un trocito de esa alma.

Mi conciencia me enseñó a observar sin juicios mi vida, desde mi nacimiento hasta ese momento en el hospital. Éramos energías que jugábamos en el éter donde somos cocreadores de las manifestaciones; me manifesté en un águila que jugaba con el viento, planeando y observando desde lo alto la belleza del planeta – montañas, ríos, océanos de arena y sus altas olas y océanos de agua con olas que al unirse unas con otras forman esculturas de bailes con pasión para acariciar la orilla y dejarlas descansar; volcanes, flores, colores, seres vivos…–.

De pronto estaba en mi casa, era una presencia invisible que todo veía y sentía, sentí un amor profundo por mi madre que estaba a punto de darme la bienvenida al mundo, ¡cuánta alegría en las miradas de mis padres!

Mientras miraba el milagro de la vida bajo esa apariencia de luz donde no existe la oscuridad ni la sombra, vi mi vida física pasar. Reviví muchas escenas pero me detuve en unas cuantas que fueron las que forjaron mi presente. “Mi madre era un corazón andante que amaba a los demás sin límites, pero su vida cambió por avatares de la vida y con el tiempo se había olvidado de amarse a sí misma, de tanto huir se olvidó que existía; creó una prisión donde era su propia prisionera al aceptar un ambiente de imprecaciones y violencias que herían su alma; había dejado su valía en el desván entre viejos e insignificantes muebles tal y como ella misma se sentía ante esa batalla de violencia, desprecio y miradas vacías. Lloraba en silencio su debilidad cuando pensaba que yo no la veía ni escuchaba. En ese ambiente de violencia, miedo y sumisión crecí y por ello, entre otras cosas, me convencí de que yo no merecía ser feliz. Desde esa perspectiva del Ser vi cómo se reproducía el mismo escenario de mis padres y supe con certeza que hasta que no se rompiera el círculo de esas vivencias y aprendiera las lecciones, una y otra vez se reproduciría el mismo escenario.

Observé otra escena que puso su huella en mi alma, mi comportamiento en el colegio cuando era niña. La violencia que sufría en casa la pagué con una niña que tenía unos preciosos ojos color violeta aunque apagados por su tristeza; nadie quería jugar con ella, no podía caminar bien y menos correr. Las niñas, incluida yo, fuimos muy crueles con nuestras burlas y desprecio. Al observar y sentir ese dolor causado gratuitamente y sin razón me llené de tristeza, mi corazón sintió una profunda pena y pidió perdón a mí misma, a la niña y a la bóveda celeste. Supe que todos los comportamientos tienen sus consecuencias.

Mi conciencia me llevó al día previo de recibir esa paliza monumental a veces creamos caos para poder salir del mismo; reviví la escena que me rompió el corazón cuando sentí que había perdido el respeto de mis hijos; prefirieron marcharse a vivir en ese infierno que había creado. Sus miradas de reproche me recriminaban por qué no quería actuar y librarme de esa violencia gratuita..., mi silencio y lágrimas de miedo fueron los que cerraron la puerta detrás de ellos. Grité en silencio, llenándome de dolor y rabia hacia mí misma por mi debilidad, oía sus reproches, sus miradas de incomprensión y dolor, pero también miradas de no aceptación. En ese momento comprendí que al igual que yo hacía con mi madre, ellos lloraban por mí pero hasta ese momento fui ciega, era yo la que debía tomar la decisión. Vi con claridad que es crueldad hacer daño a los demás.

Al observar mi vida sin juicios, solo como hechos y ver que el velo del miedo se había apoderado de mi cuerpo olvidando al amor, sentí una oleada de ternura y perdón comprendiendo que el amor es la fuerza de luz de la vida que siempre vence a la oscuridad. Sentí una fuerza que atravesaba mi cuerpo físico y tenía ganas de gritar que la vida es para ser vivida, no para ser violentada; comprendí que soy la única responsable de mi cielo o infierno y lo único que debo hacer es decidir lo que quiero vivir. Esa fuerza que sentí hizo que despertara y lo primero que pensé fue: “tengo derecho a vivir, a ser feliz, a la abundancia, al respeto y al amor”, comprendí lo que mi conciencia me enseñó: “el amor todo puede realizar siempre y cuando seas capaz de hacerlo con el corazón”. Esta fue la gran enseñanza que recibí en ese universo donde todo es posible menos el miedo y la violencia”.

Cuando salí del hospital me llevó un tiempo tomar la decisión de separarme y empezar una nueva vida. Subí al desván y tiré todos esos viejos muebles que simbolizaban mi antiguo yo. Había llegado el momento de ser una adulta responsable y ser consciente de mis decisiones. Después de un periodo de aprendizaje y saborear la valentía volvió esa fuerza que sentí en el hospital “la vida es para ser vivida no para ser olvidada”. Una tarde fui a una charla que trataba sobre el maltrato y como abandonarlo. Cuando terminó me acerqué a la ponente y ¡sorpresa!, me encontré con dos hermosos ojos color violeta que brillaban como soles al amanecer. Me presenté y me reconoció, le pedí perdón por haber sido tan cruel con ella. Con gran sabiduría y compasión me dijo: “que esos momentos tristes y dolorosos habían dado lugar a una fuerza inconmensurable y a preguntarse ¿por qué no yo?”. Su respuesta valiente fue la que hizo que hoy fuera una mujer espectacular llena confianza y amor, cuya vida está dedicada a la más hermosa misión, ayudar a la familia humanidad.

Comprendí muchas cosas y a partir de ese día me preguntaba continuamente ¿Por qué no yo?

En mi aprendizaje seguí viviendo algunas tormentas, unas más fuertes que otras y ambas me enseñaron que el miedo y la ira nos desprotegen del valor y coraje porque eliminan la fuerza de la vida que todos llevamos dentro. Sin motivación en nuestra vida viviremos en una isla dentro de un inhóspito desierto; solo la energía que nos lleva a la motivación de luchar por la vida es la que nos da la confianza y la seguridad que necesitamos para hacer lo que realmente deseamos hacer aunque haya gente que nos ponga la zancadilla. No podemos olvidar que el problema no es el problema si no cómo reaccionamos ante el problema esa es la gran diferencia, si no, nuestro presente se alimentará del pasado continuamente.

Muchas personas se cierran en su prisión del miedo, de la violencia, de sus complejos pues se sienten insignificantes a causa del daño recibido en su alma. Es hora de preguntarse: ¿por qué no yo? La respuesta firme y valiente es la que nos hará sentir esa fuerza llamada motivación para luchar por nuestro derecho a vivir, a decidir y a ser feliz y nunca olvidar que somos los escultores de nuestro día a día.

He pasado por muchas vicisitudes, he vivido ahogada en un océano de arena pero ahora vivo en un lugar donde el mar crea figuras de amor y pasión y las deposita en la arena para que yo las vea y aprenda a subirme en las olas para viajar hacia donde yo quiera.


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