Viviendo en nuestra memoria

Actualizado: abr 6

Yara Álvarez Satta

Era una noche preciosa aquella en Suiza en 1962, y Antonia se preparaba con el vestido rojo que tan bien le quedaba, como solía hacer cada último sábado de mes. Sabía que a Marino le encantaba verla así, con ese vestido que le sentaba como un guante y ese color que hacía que su piel pareciese el oro más reluciente cuando los pequeños rayos de sol la rozaban, y hacía que su pelo todavía fuera más negro, al igual que sus ojos, cual azabache. Ella era una mujer especial y él la miraba con unos ojos... unos ojos que jamás nadie habría visto en otra persona. Unos ojos de orgullo, unos ojos apasionados, felices, llenos de amor... Amor por una mujer que parecía hecha a medida para él, y que la había hecho cruzarse en su camino hacía dos años en aquel país extranjero para los dos.

Ya estaban listos con sus mejores galas y sus ganas infinitas, y se dirigían hacia el Gran Salón de Baile de Neuchâtel. Allí les gustaba pasar horas y horas bailando, riendo, hablando de todo y hablando de nada, como si nada más importase, como si el resto del mundo no existiese. Allí, se fundieron en un cálido abrazo nada más llegar y él, apoyando su mano en la delicada cintura de ella, y ella, apoyando sus finas manos en los fornidos hombros de él, comenzaron a bailar la primera de las canciones que allí sonaba, interpretada por la Orquesta Sinfónica local. Un vals lento, armonioso... buscaban en cada paso una excusa para pegarse más, sentirse, y saber que estaba allí, el uno para el otro y, en cada nota, una nueva oportunidad para mirarse y conocerse.

¡Qué bien se te ha dado siempre esta música, cariño!

No les había dado tiempo a descansar, ni a terminar la copa de cava que muy amablemente les había servido el servicio del Salón, cuando empezó a sonar un intenso y sensual tango. Ahí sí que sí. A Marino le encantaba ver como aquel bonito vestido rojo de vuelo dejaba ver sus delicados tobillos al son de esa animada música, y aprovechaba para observarla y admirarla, y sólo deseaba que esa canción no acabase jamás, y que aquella noche durase toda la vida.

Ha sido una noche maravillosa, Antonia. Como ninguna otra. Quiero una vida entera junto a tí. Una vida entera siendo tu pareja de baile. Los dos sabían que daba igual lo espectacular que era aquel Salón, lo guapos y elegantes que se habían puesto, el rico y caro cava que bebían... Para ellos siempre era una noche que les hacía sentirse vivos, solamente por estar juntos.

Ella se ruborizaba ante aquellas palabras que pronunciaba, y sólo le salía una risa tonta y vergonzosa, aunque le encantaría decirle muchas cosas y corresponderle en aquella declaración. Realmente todas las noches él decía lo mismo. Era como una tradición. Como si el hecho de no decirlo fuese a hacer, como por arte de magia o por un fatídico golpe de mala suerte, que ese deseo no fuese a hacerse realidad y algo, algún día, pudiera separarles.

Mamá, mamá. Despierta. Papá quiere levantarse. Esa pequeña frase de Carmen, la hija de aquel precioso amor, la había hecho despertar de su sueño. Un pequeño descanso que había conseguido tener, después de pasarse todo el día atendiendo a Marino, como hacía cada día desde hacía ya 7 años, que le habían diagnosticado una demencia.

Antonia se dedicaba en cuerpo y alma a él aunque cada ratito que tenía, aprovechaba para soñar. Soñar con aquellos días en los que habían sido tan felices. Aquellos días en los que Marino la miraba como si no hubiera visto nada igual en su vida. Aquellos días en los que los dos se querían y amaban, y sólo esperaban a aquel sábado para acariciarse y olvidarse de todo. Aquellos días en los que... Aquellos días vivos.

Ahora, aunque él no lo sabía, ella la miraba con aquellos mismos ojos con los que él la había mirado años atrás, observando al verdadero amor de su vida, y él... Él, ya no sabía que todo lo que siempre quiso de verdad era lo que veía cada mañana al levantarse y no reconocía. aunque, de vez en cuando, volvía a recuperar el brillo de aquellos ojos jóvenes cuando Antonia le ponía aquellas canciones que tanto les gustaba bailar y parece, aunque sólo sea por un fugaz instante, que la reconoce y están allí, juntos de nuevo en Neuchâtel.

Escrito por: Yara Álvarez Satta

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